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Temas homoeróticos en el poema otomano «El Shah y el Mendigo» de Taşlıcalı Yahya Bey

Un raro ejemplo de literatura turca del siglo XVI en el que un hombre se enamora de otro hombre.

  • Redacción

Hace más de 480 años, en el Imperio otomano, el poeta Taşlıcalı Yahya Bey escribió un poema sobre el amor entre dos hombres: la historia de la pasión de un pobre por un joven noble y hermoso. En el siglo XVI, cuando en Europa se perseguía y se ejecutaba a las personas por temas semejantes, Yahya describió el amor masculino en una elegante forma alegórica en verso y —hasta donde sabemos— no fue castigado por ello.

En este artículo recontaremos el argumento de «El Shah y el Mendigo» y examinaremos cómo Yahya Bey reúne lo sensual y lo espiritual, lo homoerótico y lo místico.

Sobre el autor y el poema

Taşlıcalı Yahya Bey vivió aproximadamente entre 1498 y 1573 o 1582 (las fechas exactas se desconocen). Fue un poeta otomano (turco) muy conocido del siglo XVI. Yahya pasó su juventud en campañas militares, y esa experiencia marcó claramente su escritura. En su poesía recurrió a menudo a temas e imágenes de la literatura persa, pero los reelaboró en obras independientes y originales.

Una de sus obras más célebres es el poema «El Shah y el Mendigo» («Şah ü Geda»). Es una alegoría amorosa escrita como mesnevî: un poema narrativo extenso en pareados rimados (una forma clásica otomano-persa). La historia se divide en 48 capítulos breves (1.915 pareados) e incluye las secciones introductorias tradicionales: una oración a Dios, elogios al Profeta y a los califas justos, un panegírico al sultán y otros elementos convencionales. El poema está escrito en un estilo relativamente sencillo y fluido, en el turco otomano de su época.

La acción principal transcurre en un Estambul reconocible y realista del siglo XVI. Los nombres de los personajes son simbólicos: «Shah» es un título (literalmente «rey») usado como nombre en el poema, mientras que «Geda» es una palabra que significa «mendigo». Lo más probable es que no sean nombres propios, sino tipos de personaje. Al mismo tiempo, algunos especialistas han sugerido un subtexto autobiográfico. Según esta lectura, Geda se identifica con el propio autor, Taşlıcalı Yahya Bey, y la figura del Shah se vincula con un cortesano real llamado Ahmed Bey, que servía como guardián de las puertas del palacio bajo el sultán. En esta interpretación, el poema se convierte en una reelaboración literaria del apego romántico personal del autor.

Yahya Bey afirmaba que escribió «El Shah y el Mendigo» en solo una semana y que no tomó el argumento de otros libros. Aun así, el motivo del «rey y el mendigo» era ya conocido en la literatura persa y túrquica. Con todo, Yahya Bey dotó el tema clásico de un color local tan intenso y de una fuerza emocional tan marcada que el poema se ganó la reputación de ser una de las versiones más logradas de esta historia.

En inglés hay breves recontamientos y pareados seleccionados, mientras que el texto íntegro está disponible en turco.

Resumen del argumento: la historia de amor del Shah y el Mendigo

El protagonista, Geda, sueña con un joven bellísimo y de pronto se ve arrollado por el amor. Al despertar, la imagen no lo abandona. Poco después, mientras pasea con sus amigos por el Hipódromo de Estambul, Geda reconoce entre los transeúntes al mismo muchacho. El deseo se apodera de él: se detiene, suspira hondo y no puede apartar la mirada del desconocido. Sus amigos advierten el cambio en su comportamiento, pero no logran explicárselo.

El joven resulta ser un noble conocido por el sobrenombre de Shah. Incapaz de ocultar sus sentimientos, Geda encuentra la manera de hacerle saber a Shah que está enamorado. Shah, sin embargo, no le corresponde. El apego del mendigo a un joven de alta cuna se convierte pronto en tema de conversación pública: corren rumores sobre la «deshonra». Cuando Shah se entera, estalla en cólera y decide que Geda ha manchado su honor. Enfurecido, ordena que expulsen a Geda de la ciudad. Comienza entonces un periodo de sufrimiento. La gente lo reprende y le insiste en que abandone un apego sin esperanza, pero él no puede. Cae enfermo de amor, y los médicos no pueden hacer nada. Al final, bajo la presión de la condena pública, abandona Estambul por orden de Shah.

En el destierro, Geda vaga solo por lugares desolados y, poco a poco, pierde la razón por amor. Maldice a las lenguas maliciosas y a quienes han propagado los rumores. Según cuenta el relato, esas maldiciones surten efecto: sus enemigos sufren desgracias, y el propio Shah cae repentinamente enfermo, como si le alcanzara el eco del lamento de Geda. Aunque Geda se ha apartado de la gente, las noticias de la ciudad siguen llegándole. Cuando se entera de que Shah está gravemente enfermo, siente compasión y reza con sinceridad por la recuperación de su amado. En un giro de cuento, la plegaria resulta eficaz: Shah empieza a mejorar de manera milagrosa.

Animado por esta noticia, Geda decide recordarle a Shah su existencia. Escribe una carta en la que describe su tristeza, su amor y su devoción. Pero cuando Shah la recibe, vuelve a mostrarse frío. Su silencio destroza a Geda: el anhelo se intensifica y casi pierde la cordura. Geda empieza a vagar por la noche, hablando con la luna y el sol y confiando su pena a las luces silenciosas del cielo.

Mientras tanto, Shah está desgarrado por un conflicto interior. Un día ofrece un banquete en un jardín a sus compañeros más cercanos e invita a cada huésped a contar un relato moral. Tras escuchar a los demás, Shah propone su propia parábola: la historia de un amor secreto entre dos personas. En realidad, se trata de una versión velada de su relación con Geda. Así, Shah reconoce por primera vez (aunque sea solo mediante la alegoría) que ese amor existe. La escena se convierte en un punto de inflexión: en público, Shah mantiene las distancias, pero entre amigos de confianza deja entrever que la historia de Geda no le ha sido indiferente.

Al enterarse de que Shah no le es indiferente, Geda decide regresar a Estambul disfrazado. Llega como esclavo: cambia de ropa y se confunde con los demás en el mercado de esclavos. Al mismo tiempo, Shah busca un nuevo sirviente. Entre los puestos en venta, repara en un esclavo desconocido (Geda) y, sin reconocerlo, lo compra. De este modo, Geda, gracias a su astucia, entra en la casa de Shah: con la esperanza de permanecer cerca de su amado, pero obligado a ocultar su verdadera identidad.

En la casa de Shah, Geda está siempre a su lado, pero no se atreve a revelarse. La angustia de un amor no correspondido y la necesidad de sostener el engaño minan su salud: cae aún más gravemente enfermo y, literalmente, se va consumiendo. Uno de sus amigos, movido por la compasión, intenta ayudar y organiza un encuentro. Un día, mientras Shah cabalga por la calle, el amigo conduce hasta él al debilitado Geda. Shah ve al enfermo y se muestra visiblemente compasivo: con el pretexto de cuidar a su sirviente, intenta sostener a Geda. Sin embargo, aún teme el juicio público y, al notar las miradas de quienes lo rodean, se contiene de inmediato, fingiendo indiferencia. Con todo, ese breve encuentro le trae a Geda una alegría tan grande que empieza, casi milagrosamente, a recuperarse.

Los malintencionados, al saber que Shah y Geda se han acercado, urden nuevas intrigas. Difunden el falso rumor de que Geda no pudo soportar su sufrimiento y se quitó la vida. Al oírlo, Shah queda presa del horror y de un dolor profundísimo y, al hacerlo, sin querer traiciona sus sentimientos. Cuando se confirma que Geda está vivo, la conmoción que ambos han sufrido no hace sino fortalecer su vínculo: una catástrofe compartida los une más que antes.

Tras estas pruebas, Shah decide pasar un tiempo a solas con Geda. Una noche están juntos en un lugar apartado, pero el encuentro permanece platónico: por pudor, Geda no se atreve a alzar los ojos hacia Shah y siente por él un respeto reverencial. Shah comprende que la devoción demasiado abierta de Geda podría acarrearles vergüenza. Por eso, al amanecer, le ordena: «Vuelve a casa y espérame allí». Geda regresa lleno de esperanza y empieza a aguardar la visita prometida, pero Shah nunca llega. La espera interminable hunde a Geda de nuevo en la desesperación: finalmente pierde el contacto con la realidad y vive solo del sueño de un encuentro.

Los amigos de Geda ven que está exhausto e insisten en que les diga la verdad sobre su relación con Shah. En un arrebato repentino, les cuenta una historia inventada: que Shah fue a verlo en secreto por la noche y que hasta el alba bebieron vino, rieron y fueron felices; pero que, al llegar la mañana, Geda comprendió que todo había sido un sueño. Ese relato es el último resplandor de su esperanza romántica. Sus amigos responden con un reproche suave y con consejos: nadie debe destruirse por un amor terrenal; hay que volver el corazón hacia Dios, porque solo el Todopoderoso es un amado fiel, mientras que el amor a los mortales trae sufrimiento. En el final del poema, el autor resume esta idea en las estrofas de cierre: el amor terrenal y carnal es efímero, pero el Amor verdadero es el amor por Dios. Geda atraviesa el tormento de la pasión y, a través de él, llega al reconocimiento del amor divino.

Homoerotismo en el poema: escenas, motivos y contexto

«El Shah y el Mendigo» llama la atención porque representa el apego y el amor entre dos personajes masculinos, y lo hace de manera abierta y con una fuerte carga emocional. Esta elección es inusual en la literatura clásica otomana: en los mesnevî románticos, la pareja central solía estar formada por un hombre y una mujer.

Yahya Bey se aparta deliberadamente del canon. En el prólogo expresa su descontento con los poemas convencionales sobre el amor heterosexual y afirma explícitamente que no ve motivo alguno para elogiar el amor por una mujer. En su lugar, elige un argumento construido en torno a la atracción platónica de un hombre por otro.

Varias escenas e imágenes clave del poema son interpretadas por los especialistas como indicios de carácter homoerótico.

El primer encuentro en la ciudad se presenta como amor a primera vista: el hombre (Geda) queda instantáneamente cautivado por un joven hermoso (Shah) y, literalmente, pierde la razón ante el impacto de su belleza. Esta admiración sublimada por un joven era un motivo conocido en la poesía amorosa de la época, vinculado a la «erótica de la mirada»: la idea de que el deseo nace a través del acto de mirar. En el poema no se trata solo de contemplar la belleza, sino del instante en que comienza la pasión. Los lectores contemporáneos могли haber entendido la escena como una alusión a una cultura urbana de admiración hacia los muchachos. Se sabe que el Hipódromo de Estambul, en el siglo XVI, era uno de los lugares donde los hombres de la élite podían fijarse en plebeyos apuestos. El profesor Selim Kuru ha sostenido que este tipo de tramas reflejan una realidad social: los escritos legales y moralistas del periodo condenaban las relaciones con «plebeyos», mientras que la poesía, por el contrario, a menudo celebraba el amor por jóvenes pobres del pueblo.

A continuación, el autor elogia la belleza de Shah mediante epítetos estándar de la lírica otomana (rosa, ciprés, luna, etc.). Estas comparaciones se aplicaban con frecuencia a los amados jóvenes con independencia de su género. Dentro de esta tradición, el «amado» suele describirse con rasgos andróginos o abiertamente masculinos, y la apariencia de Shah se presenta como impecable. Aplicar este imaginario a un personaje masculino intensifica el tono homoerótico del poema. En particular, la voz del amado se compara con la de un ruiseñor o un loro: dulce, embriagadora y capaz de llevar al amante al éxtasis.

Los tormentos del héroe por el amor a un joven bello son un motivo clásico de la literatura amorosa oriental, ampliamente presente en la poesía persa, incluida la poesía sufí. En el poema, Geda sufre «como una polilla en el fuego del amor», y el objeto de su pasión es un hombre. El mundo que lo rodea condena ese sentimiento: se nos dice de manera directa que «la gente empezó a avergonzarlo». Sin embargo, el autor no condena al héroe; al contrario, estetiza y romantiza su «enfermedad».

Para acercarse a Shah, Geda recurre a un ardid para convertirse en su sirviente comprado. El propio motivo del «amante como servidor del amado» remite a prácticas conocidas en muchas sociedades orientales, donde los jóvenes sirvientes apuestos podían convertirse en objeto del deseo de sus amos. Aquí, sin embargo, los roles se invierten: sirve quien ama, no quien es admirado. En la cultura otomana existía efectivamente la práctica de tener criados jóvenes y hermosos, y la literatura de la época refleja tales realidades.

El episodio culminante en el que Shah y Geda quedan a solas está marcado por una carga erótica contenida, pero inconfundible. Los dos jóvenes pasan la noche juntos: celebran un banquete y beben vino. Aunque el relato insiste en el carácter «platónico» de su relación, la escena está enmarcada como íntima. En la poesía otomana, el vino y un jardín apartado se asocian convencionalmente con los encuentros amorosos. Al mismo tiempo, el autor mantiene el encuentro casto: Geda venera a Shah con tal profundidad que «ni siquiera mira a su amado». Aun así, la sola posibilidad de que dos hombres pasen la noche a solas dentro de la trama genera una tensión homoerótica audaz. No se trata de miradas fugaces en un espacio público, sino de una proximidad real —aunque descrita con extrema contención.

El conflicto siguiente se desencadena por un rumor: los villanos difunden la historia de que Geda, supuestamente, se quitó la vida por su amor hacia Shah. Este giro se aproxima tipológicamente a muchas tramas trágicas de amor (basta pensar en cómo Layla y Majnun, o Romeo y Julieta, mueren tras recibir noticias falsas). Cuando Shah oye hablar de la «muerte» de Geda, queda devastado, y su reacción puede leerse como la manifestación de un sentimiento que, a ojos ajenos, podría socavar su «virilidad». Los motivos de la vergüenza, el chismorreo sobre un amor deshonroso y la autodisolución forzada son típicos de narrativas sobre el deseo prohibido, incluido el deseo entre personas del mismo sexo. En este sentido, el poema pone en primer plano, de forma explícita, el tema de una atracción tabú.

La mayoría de los estudiosos contemporáneos coincide en que «El Shah y el Mendigo» contiene un subtexto homoerótico marcado. El poema está saturado del vocabulario y las imágenes de la lírica amorosa tradicional, más a menudo dirigida a un amado del sexo opuesto, pero aquí reorientada hacia un hombre. Geda llama a Shah su «amado», habla del «fuego del amor» y describe su sufrimiento mediante categorías familiares del discurso romántico.

Además, Shah y Geda se construyen como una pareja de amantes en una novela romántica clásica: atraviesan etapas reconocibles, desde la primera mirada hasta un banquete compartido, desde la tensión y los celos hasta la reconciliación. En conjunto, el poema se lee como un relato de amor apasionado, más que como un vínculo neutral de amistad.

Una lectura que cuestiona el homoerotismo del poema

Una interpretación alternativa subraya el carácter místico y alegórico del poema. Desde esta perspectiva, el amor entre Shah y Geda es simbólico y no debe entenderse como una aprobación directa de la pasión entre personas del mismo sexo en la vida real. Para sostener esta lectura suelen aducirse varios argumentos.

En primer lugar, el amor de los héroes se presenta como un vínculo idealizado y platónico: ni Geda ni Shah cometen actos pecaminosos y su relación permanece casta. El autor insiste repetidamente en la naturaleza espiritual de su sentimiento: sufren y hablan más de lo que buscan la cercanía física. Esto permite relacionar su vínculo con el ideal sufí del amor, el que «purifica el alma».

En segundo lugar, el poema concluye de un modo claramente didáctico: la pasión de los héroes se transforma finalmente en amor a Dios. Se trata de un recurso familiar en la literatura sufí, donde el amor terrenal funciona como una etapa en el camino hacia la comprensión del Amor Divino. En esta clave, el sexo del amado (masculino) no resulta decisivo: es contingente, ya que en la tradición sufí Dios a menudo se compara con un joven hermoso, un amado inalcanzable.

De este modo, la historia puede leerse como una alegoría: Shah simboliza a Dios o la belleza divina, Geda simboliza el alma que busca, y su amor y sus pruebas simbolizan el camino del místico a través del sufrimiento hacia la unión con el Todopoderoso. Desde este punto de vista, el poema no trata del deseo humano «pecaminoso», sino de un amor místico exaltado, en el que el género de los personajes no es esencial.

El poema no describe explícitamente relaciones homosexuales consumadas: los héroes no cruzan el umbral del amor platónico, y su apego se presenta como espiritual y no «bajo». Un argumento indirecto adicional a favor de esta lectura es la ausencia de consecuencias negativas para el autor: el poema no fue prohibido y Yahya no fue perseguido (a diferencia, por ejemplo, de ciertos escritores europeos que escribieron sobre el amor homosexual). Esto podría sugerir que sus contemporáneos leyeron «El Shah y el Mendigo» más como un experimento literario y una parábola sufí que como una confesión escandalosa.

***

Un argumento amoroso entre personas del mismo sexo como la historia de Shah y Geda no surgió de la nada. En Persia y otras tierras musulmanas existía una larga tradición literaria en torno al amor de un hombre por otro hombre, que se remonta a la poesía sufí medieval. Al mismo tiempo, en la Europa del siglo XVI las tramas abiertamente homoeróticas seguían siendo raras debido a normas morales estrictas, aunque aparecían en formas veladas. En Persia y en el Imperio otomano, los escritores podían abordar estos asuntos con mayor franqueza, a menudo amparándose en el misticismo o en las convenciones del género.

También es importante tener presente el contexto cultural más amplio del siglo XVI como una época de paradojas en materia de amor. Por un lado, se configura una «nueva severidad protomoderna» (en Europa se ejecutaba a la gente por sodomía y se perseguía el «pecado»). Por otro lado, la cultura del Renacimiento y procesos paralelos en Oriente (el Irán safávida, el Imperio otomano en la época de Solimán el Magnífico) muestran un interés creciente por el individuo, por las emociones y por la belleza corporal.

A la luz de esto, «El Shah y el Mendigo» aparece como un producto de su tiempo y de su entorno literario: sigue los cánones de la tradición persa-otomana, donde el amor por un joven hermoso era un tema familiar. El movimiento distintivo de Yahya Bey, sin embargo, consiste en desarrollar este motivo no en una breve lírica, sino como un gran poema romántico épico: casi una «novela» oriental sobre el amor entre dos hombres. En Europa, por lo general, los escritores no emprendieron nada comparable en escala: los paralelos más cercanos solían ser secuencias de sonetos o insinuaciones sugerentes en el teatro. En este sentido, puede sostenerse que en el Imperio otomano Yahya Bey creó algo que en la literatura europea solo podría aparecer abiertamente siglos más tarde.

«El Shah y el Mendigo» ilustra cómo la cultura otomana pudo dar forma estética a un tema prohibido, dejando a las generaciones posteriores una obra a la vez sensual y espiritual, audaz y contenida. El poema produce una impresión doble: sentimiento platónico y homoerótico al mismo tiempo. En última instancia, el texto puede leerse como una obra de varias capas: en la superficie, una historia tensa de amor juvenil prohibido; y, en un nivel más profundo, una lección sobre la vanidad del mundo terrenal y la idea de que el verdadero Amado es Dios.


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Referencias y fuentes

  • Andrews W. G., Kalpaklı M. The Age of Beloveds: love and the beloved in early-modern Ottoman and European culture and society.
  • Kuru S. S. Sex in sixteenth-century Istanbul.
  • Yaḥyā Bey Taşlıcalı. Şah u Geda, 1537. [Yaḥyā Bey Taşlıcalı – “Shah and the Beggar”]