La regente Ana Leopoldovna y la dama de compañía Juliana: posiblemente la primera relación lésbica documentada en la historia de Rusia

«... pasa la mayor parte del tiempo en los aposentos de su favorita, Mengden».

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Serie 🇷🇺 Historia LGBT de Rusia
La regente Ana Leopoldovna y la dama de compañía Juliana: posiblemente la primera relación lésbica documentada en la historia de Rusia

La regente Ana Leopoldovna estuvo al frente de Rusia durante apenas un año y sigue siendo una figura relativamente poco conocida. Rara vez aparece en los manuales escolares. Sin embargo, su relación con la dama de compañía Augusta Juliane von Mengden merece especial atención: posiblemente represente uno de los primeros testimonios documentados de amor lésbico en la historia rusa.

Ana Leopoldovna y Juliana estaban unidas por una relación muy estrecha. Los historiadores han debatido largamente si esta relación fue un vínculo romántico o una amistad íntima. Los hechos y las fuentes, incluidos los despachos diplomáticos y la correspondencia personal, permiten reconstruir un cuadro complejo de la vida íntima de la corte rusa en el siglo XVIII.

Primeros años

Isabel Catalina Cristina (Elisabeth Katharina Christine), la futura regente Ana Leopoldovna, nació el 18 de diciembre de 1718 en el ducado de Mecklemburgo-Schwerin, en el norte de Alemania. Era hija del duque Carlos Leopoldo de Mecklemburgo y de Catalina Ivánovna, sobrina de Pedro I. Esta unión fue el resultado de la diplomacia matrimonial.

La infancia de la princesa transcurrió en una atmósfera de grave conflicto familiar: el duque se caracterizaba por su carácter despótico y prefería abiertamente a otras mujeres antes que a su esposa, incluida su propia sobrina. En Alemania, a Catalina Ivánovna la apodaron la «duquesa moscovita salvaje» y fue tratada con hostilidad.

En 1722, incapaz de tolerar el trato cruel de su marido, Catalina Ivánovna huyó a Rusia con su hija. El matrimonio no se disolvió formalmente, pero ella nunca volvió con su esposo.

El 23 de mayo de 1733, Isabel Catalina Cristina se convirtió a la ortodoxia y recibió el nombre de Ana Leopoldovna. Este paso le abría el camino a la sucesión al trono. El rito del bautismo fue oficiado por el ideólogo más destacado de las reformas de Pedro I, el arzobispo de Nóvgorod Teófanes Prokopóvich (ruso: Feofan Prokopovich; Феофан Прокопович).

Aunque la princesa cambió de nombre solo once años después de su llegada a Rusia, en adelante se la llamará Ana en el texto.

Juventud en Rusia

Según las memorias del noble de Holstein Friedrich Wilhelm von Bergholz, Ana, «una niña muy alegre de unos cuatro años», creció y estudió en el palacio de Izmáilovo, en Moscú. Lejos de las intrigas cortesanas, llevó una vida comparativamente sencilla, creyendo que no tenía aspiraciones al trono ruso. Fue educada en un ambiente relajado, sin formalidades innecesarias. Asistía a bailes que a veces duraban hasta diez horas.

La situación cambió en 1730, cuando subió al trono la tía de la princesa, Ana Ioánnovna. La emperatriz, que no tenía hijos, distinguió de inmediato a su sobrina y la tomó bajo su protección especial. Ana recibió una casa a orillas del Nevá, una orden de caballería y una generosa asignación. Se contrataron tutores para enseñarle alemán, francés y ruso.

Mientras tanto, según los contemporáneos, la madre de Ana «se entregaba en exceso a las bebidas alcohólicas» y se alejaba de su hija. En junio de 1733 murió «de una enfermedad». Ana se quedó casi sin familiares cercanos ni amigas leales, aparte de su tía la emperatriz. A partir de entonces, la joven se vio cada vez más inmersa en el entorno de la corte, donde los dignatarios luchaban por la influencia y veían en ella un recurso político.

«La zarina la quiere como si fuera su propia hija, y nadie duda de que está destinada a heredar el trono».

— Jacobo Francisco Fitz-James Stuart y Burgh, duque de Liria y Jérica, enviado español en la corte rusa (extraído de despachos)

Retrato de la gran duquesa Ana Leopoldovna. Louis Caravaque, primera mitad del siglo XVIII.

La búsqueda de un marido y los primeros enamoramientos

Cuando Ana cumplió catorce años, empezaron a buscarle un esposo para un matrimonio dinástico. La elección recayó en el príncipe de dieciocho años Antonio Ulrico de Brunswick-Wolfenbüttel (Anton Ulrich von Braunschweig-Wolfenbüttel), hijo de un duque alemán. Este joven, delgado y de baja estatura, llegó a San Petersburgo para cortejarla, pero pronto quedó claro que le interesaban mucho más los asuntos militares que la propia Ana.

Ana encontró una vía de escape en la lectura. Le atraían especialmente las novelas francesas: le permitían alejarse por un tiempo de la empalagosa rutina cortesana y de la indiferencia de su prometido.

Otra de sus pasiones fue el enviado sajón, el conde Moritz Karl von Lynar, un hombre de cuarenta años y, según los contemporáneos, muy atractivo. En 1735, la emperatriz Ana Ioánnovna, al enterarse de su correspondencia secreta, montó en cólera. Despidió de inmediato a la institutriz de la princesa, madame Aderkas, acusándola de consentir esa relación, la exilió al extranjero y exigió que Lynar fuera llamado de vuelta desde San Petersburgo.

«La princesa Ana, a quien se considera la presunta heredera, se halla ahora en una edad en la que pueden formarse expectativas, sobre todo teniendo en cuenta la excelente educación que ha recibido. Pero no posee ni belleza ni gracia, y su mente aún no ha mostrado cualidades brillantes. Es muy seria, habla poco y nunca se ríe; esto me parece bastante antinatural en una muchacha tan joven, y creo que detrás de esa seriedad se esconde más estupidez que sensatez».

— Jane Vigor, memorialista británica y esposa del residente inglés Claudius Rondeau, «Cartas de una dama que residió algunos años en Rusia»

El inicio de la amistad con Juliana Mengden

Tras la separación de Lynar, al encontrarse bajo el estricto control de su tía la emperatriz, la joven Ana empezó a estrechar lazos con su dama de compañía, Juliana Mengden.

Augusta Juliane von Mengden nació el 22 de mayo de 1719 en el seno de una familia de barones sueco-livonios. La familia pertenecía a la antigua e influyente nobleza del Báltico. La aparición de Juliana en la corte no fue casual: tras el fin de la Gran Guerra del Norte, la integración de las élites bálticas en la estructura de gobierno imperial se convirtió en un elemento fundamental de la política de Estado. El nombramiento de la joven baronesa como dama de compañía de la potencial heredera al trono formaba parte del sistema de distribución de cargos cortesanos entre la nobleza leal.

Juliana no tardó en convertirse en la amiga íntima y confidente de Ana. Según testimonios de la época, su relación iba más allá de la amistad habitual. Pasaban largas horas a solas: en ropa de andar por casa, vestidas de manera descuidada y con el pelo suelto. Esto dio pie a rumores en la corte sobre su intimidad «no tradicional».

«La princesa no poseía una belleza deslumbrante, pero era una rubia agraciada, bondadosa y mansa, a la vez que soñolienta y perezosa; no le gustaba ningún trabajo y pasaba las horas ociosamente con su dama de compañía favorita, Juliana von Mengden, por quien sentía una amistad poco común».

— Nikolái Ivánovich Kostomárov, historiador ruso, «La historia rusa en las biografías de sus principales figuras»

El enviado prusiano Axel von Mardefeld informaba al rey Federico II:

«Nadie puede comprender el origen de la atracción sobrenatural de la Gran Duquesa hacia Juliette [Juliana]; por lo tanto, no me sorprende que el público acuse a esta muchacha de seguir los gustos de la famosa Safo…».

— Axel von Mardefeld, enviado prusiano (extraído de un despacho al rey Federico II)

Los rumores sobre una relación no tradicional adquirieron tal magnitud que la emperatriz Ana Ioánnovna tomó una decisión sin precedentes: ordenó someter a la joven Juliana a un estricto examen ginecológico y anatómico. Una comisión especial debía determinar si la dama de compañía era hermafrodita.

El informe resultó favorable para Juliana: se estableció que era «una doncella en todas sus partes, sin ningún signo del sexo masculino». Este examen médico demuestra que la homosexualidad femenina en la Rusia del siglo XVIII no era impensable, aunque la medicina moderna temprana la asociaba exclusivamente con desviaciones fisiológicas. La confirmación de la «normalidad» anatómica eliminó formalmente la amenaza legal, aunque los murmullos en la corte no cesaron.

Retrato de Ana Leopoldovna. Johann Heinrich Wedekind, antes de 1736.

Un matrimonio no amado y el nacimiento de un heredero

Con el tiempo, Antonio Ulrico adquirió experiencia militar y se fue ganando el favor de la emperatriz Ana Ioánnovna. Para Ana Leopoldovna, sus éxitos resultaban indiferentes. «El príncipe no me gusta. Me tienen aquí solo para parir», decía.

A pesar de ello, la boda se organizó a lo grande: una procesión solemne, carrozas engalanadas, tres fuentes de vino, salvas de artillería desde la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, un gran baile y fuegos artificiales. El objetivo principal de esta unión era el nacimiento de un heredero al trono.

«Todas estas recepciones se organizaron para unir a dos personas que, a mi parecer, se odian con toda el alma».

— Jane Vigor, «Cartas de una dama que residió algunos años en Rusia»

El 23 de agosto de 1740, Ana dio a luz a un hijo, al que llamaron Iván (ruso: Ioann; Иоанн), en honor a su bisabuelo, el hermano de Pedro I. Rusia ya tenía un heredero.

El ascenso al poder

Poco después, la emperatriz Ana Ioánnovna enfermó y, presintiendo la proximidad de la muerte, promulgó un manifiesto en el que declaraba al infante Iván heredero del trono ruso. Sin embargo, el regente no sería la madre del niño, sino el favorito de la emperatriz, el alemán Ernst Johann von Biron.

Biron se mantuvo en el poder solo un mes. En la noche del 20 de noviembre de 1740 se produjo un golpe palaciego. Su verdadero arquitecto y ejecutor físico fue el mariscal de campo Burkhard Christoph von Münnich.

Esa noche, llegó al Palacio de Invierno; sus ayudantes entraron por el guardarropa y despertaron a Juliana Mengden. Tras hablar con Münnich, Juliana fue a despertar a Ana. La regente salió ante los oficiales de la guardia y autorizó el arresto de Biron, quejándose de sus opresiones. La organización y la ejecución por la fuerza del golpe siguieron siendo una operación militar de Münnich, mientras que Ana actuó como estandarte. Biron fue arrestado y exiliado.

El padre de Iván, Antonio Ulrico, casi no mostraba interés por los asuntos de Estado. Por consiguiente, Ana Leopoldovna, que entonces tenía solo 22 años, asumió las funciones de regente y se convirtió en la gobernante de facto de Rusia.

Deconstrucción del mito de la «gobernante perezosa»

En agradecimiento por su apoyo, Ana Leopoldovna recompensó generosamente a Juliana Mengden. Esta recibió los mejores vestidos, una hacienda en Livonia y cuantiosos préstamos de dinero.

«Estas doncellas [las damas de compañía], que poco habían visto del mundo, no poseían la inteligencia necesaria para dirigir intrigas palaciegas, por lo que no se inmiscuían en ellas. Pero Juliana, la favorita de la gobernante, quiso tomar parte en los asuntos, o, mejor dicho, perezosa por naturaleza, supo transmitir ese vicio a su soberana».

— Christoph Hermann von Manstein, memorialista y participante en el arresto de Biron, «Memorias de Rusia»

A principios del gobierno de Ana Leopoldovna, la población de San Petersburgo alcanzaba los 70.000 habitantes. Frente al Almirantazgo aún quedaban huertos, la avenida Nevski no estaba completamente urbanizada y los ciudadanos podían bañarse desnudos libremente en el Fontanka.

«No había criatura menos capaz de estar al frente de la administración del Estado que la bondadosa Ana Leopoldovna… Sin vestirse, sin peinarse, con la cabeza atada con un pañuelo, solo se sentaba en los aposentos interiores con su inseparable favorita, la dama de compañía Mengden».

— Serguéi Mijáilovich Soloviov, historiador ruso, «Historia de Rusia desde los tiempos más antiguos»

La imagen de una regente perezosa y políticamente inerte se arraigó con fuerza en la historiografía clásica; sin embargo, fue construida a propósito por la propaganda de Isabel Petrovna para legitimar su propio golpe de Estado de 1741. Para Isabel era vital presentar el reinado de su predecesora como un período de caos.

Los historiadores modernos refutan este mito. Durante el corto año de su regencia, la Colección Completa de Leyes del Imperio Ruso registró 185 actos legislativos aprobados con la participación personal de Ana Leopoldovna. Según el testimonio del gran mariscal de la corte Ernst von Münnich (hijo del mariscal de campo), la gobernante «nunca se aburría de escuchar y resolver asuntos… en ningún momento».

Ana Leopoldovna dio una serie de pasos institucionales importantes. El 23 de noviembre de 1740, creó el cargo de reketmeister (funcionario encargado de recibir peticiones) para aceptar y examinar las súplicas, con el fin de combatir la burocracia y la corrupción en el Senado y el Sínodo. Se dedicó enérgicamente a la preparación de informes sobre los ingresos y las deudas del tesoro. En política exterior, su gobierno confirmó los artículos de la Paz de Belgrado de 1739, logrando que el Imperio otomano reconociera a los soberanos rusos como emperadores.

La debilidad de Ana no residía en la pereza, sino en la inexperiencia política, la excesiva credulidad y la incapacidad para mantener el equilibrio entre las facciones enfrentadas.

Retrato de Ana Leopoldovna. Artista desconocido, siglo XVIII.

Vida privada y una unión poliamorosa

Ana Leopoldovna se distinguía por una clemencia poco común para su época. Hizo regresar del exilio a muchos nobles caídos en desgracia, entre ellos al vicecanciller Alexéi Petróvich Bestúzhev-Riumin y a los familiares del serenísimo príncipe Alexánder Danílovich Ménshikov. También revocó la prohibición impuesta por Pedro I de construir edificios de piedra fuera de San Petersburgo y suavizó las restricciones para quienes deseaban tomar los hábitos monásticos.

«Sus actos eran abiertos y sinceros, y nada le resultaba más insoportable que la simulación y la coacción tan necesarias en la corte, por lo que sucedió que personas, acostumbradas en el reinado anterior a las adulaciones más burdas, la consideraron injustamente altiva y supuestamente despectiva con todos. Bajo una apariencia de frialdad exterior, era interiormente indulgente y franca… […] siempre se arreglaba con disgusto cuando, durante su regencia, debía recibir y aparecer en público…».

— Ernst von Münnich, gran mariscal de la corte y memorialista, «Memorias»

Cada vez le atraía más el aislamiento y la compañía de un círculo reducido de allegados. El embajador británico Edward Finch, que jugaba regularmente a las cartas con la regente, dejó testimonios francos sobre la naturaleza de su vida íntima.

En sus despachos a Londres, informaba de que la gobernante amaba a Julia «tan apasionadamente como solo un hombre ama a una mujer». Para aumentar el efecto, el embajador añadía: «La pasión de un amante por una nueva favorita es una simple broma en comparación con esto». Finch señalaba el altísimo grado de intimidad doméstica de las mujeres: no solo dormían en la misma cama, sino que estaban en ella «sin ninguna otra ropa más que una enagua».

«No puedo dejar de reconocer en ella notables aptitudes naturales, cierta perspicacia, una bondad y humanidad extraordinarias, pero sin duda es demasiado reservada por temperamento: las reuniones concurridas la agobian, y pasa la mayor parte del tiempo en los aposentos de su favorita Mengden, rodeada de los parientes de esta dama de compañía».

— Edward Finch, embajador británico (extraído de un despacho)

El conde Moritz Lynar, a quien ella había hecho regresar de Sajonia, volvió a acercarse a Ana. La historiografía popular tradicionalmente llama a Lynar el único amante de Ana, relegando a Juliana al papel de una cómoda tapadera. Sin embargo, los investigadores señalan que Ana estaba apasionadamente enamorada de Lynar, pero que Juliana también sentía algo por él. Lynar era el amante de Ana, Juliana era la amada de Ana, y ambas mujeres eran devotas de Lynar.

«La gobernante sigue sintiendo aversión por su marido; a menudo sucede que Julia Mengden le niega la entrada a la habitación de esta princesa; a veces incluso se le obliga a abandonar el lecho».

— Jacques-Joachim Trotti, marqués de la Chétardie, diplomático francés (extraído de un despacho)

En este contexto, el plan de Lynar de casarse con Juliana Mengden cobra sentido. El compromiso, celebrado en julio de 1741 con la bendición de Ana, no fue un mero cálculo político. Esta decisión permitía legitimar la presencia de Lynar en los aposentos interiores del palacio y libraba a la gobernante de las acusaciones formales de pecado.

«A menudo tenía encuentros en el tercer jardín del palacio con su favorito, el conde Lynar, adonde acudía siempre acompañada de la dama de compañía Julia… y cuando el príncipe de Brunswick deseaba entrar en este mismo jardín, encontraba las puertas cerradas, y los centinelas tenían orden de no dejar pasar a nadie… Como Lynar vivía cerca de las puertas del jardín en la casa de Rumiántsev, la princesa ordenó construir cerca una casa de campo, que hoy es el Palacio de Verano. En verano ordenaba poner su cama en el balcón del Palacio de Invierno; y aunque se colocaban biombos para ocultar la cama, desde el segundo piso de las casas vecinas al palacio se podía ver todo».

— Burkhard Christoph von Münnich, mariscal de campo, «Ensayo que da una idea de la forma de gobierno del Imperio ruso»

El chambelán Fiódor Andréievich Apraksin reprochó una vez a Ana Leopoldovna que «come a solas con la dama de compañía von Mengden, y sería más decoroso hacerlo con su esposo, y dicha dama de compañía goza de gran favor ante Su Alteza Imperial». En respuesta, Ana lo insultó, llamándolo «canalla ruso».

A diferencia de Ana Ioánnovna, que prefería los entretenimientos fastuosos, a Ana Leopoldovna no le gustaban la caza ni la equitación. Prefería ocupaciones más tranquilas; en particular, criaba aves con entusiasmo. En sus aposentos vivían un loro, una paloma egipcia, un estornino amaestrado y dos ruiseñores.

En julio de 1741, Ana dio a luz a una hija, Catalina. En el cuarto de los niños estaban siempre presentes una niñera, un ama de cría y su dama de compañía favorita, Juliana Mengden.

El emperador Iván Antónovich de niño con la dama de compañía Juliana von Mengden. Artista desconocido, siglo XVIII.

Golpe de Estado y caída

El período de relativa calma se interrumpió el 8 de agosto de 1741, cuando Suecia declaró la guerra a Rusia, con la esperanza de recuperar los territorios perdidos bajo Pedro I. Las hostilidades comenzaron en Finlandia. En este contexto, San Petersburgo se quedó temporalmente casi sin tropas capaces de proteger a Ana.

La caída de Ana Leopoldovna se vio acelerada por la configuración geopolítica de las fuerzas en Europa. El rumbo de la política exterior rusa, dirigido por el vicecanciller Heinrich Johann Friedrich Ostermann, se basaba en una sólida alianza con Austria contra Prusia. Esto no convenía en absoluto a Francia. El embajador francés, el marqués de la Chétardie, recibió el encargo directo de derrocar el régimen de Ana Leopoldovna y se convirtió en el principal patrocinador financiero de la conspiración de la hija de Pedro I, la zarevna Isabel Petrovna.

La tragedia de Ana se vio agravada por su ceguera política. Recibió repetidas advertencias sobre el golpe en preparación por parte de Ostermann y del vicecanciller Mijaíl Gavrílovich Golovkin. En la víspera del golpe, el gran mariscal de la corte Reinhold Gustav von Löwenwolde entregó a la gobernante una nota en la que la instaba a arrestar a Isabel, a lo que Ana respondió: «Pregunten al conde Löwenwolde si se ha vuelto loco. Todo esto son chismes vacíos, yo misma sé mejor que nadie que no tenemos nada que temer de la zarevna».

En la noche del 6 de diciembre de 1741 se produjo un golpe palaciego. Isabel Petrovna, con la ayuda de los granaderos del Regimiento Preobrazhenski, derrocó a la regente sin encontrar resistencia. Mientras los cortesanos de Ana se divertían en un baile, los conspiradores irrumpieron en los aposentos y arrestaron a todos, incluido el emperador menor de edad, Iván.

«Tras terminar en el cuerpo de guardia, Isabel se dirigió al palacio, donde no encontró resistencia de los centinelas, salvo un suboficial, a quien hizo arrestar de inmediato. Al entrar en la habitación de la gobernante, que dormía junto con la dama de compañía Mengden, Isabel le dijo: “¡Hermana, es hora de levantarse!”. La gobernante, al despertar, le dijo: “¡Cómo, es usted, señora!”. Al ver a los granaderos detrás de Isabel, Ana Leopoldovna adivinó de qué se trataba y empezó a suplicar a la zarevna que no hiciera daño ni a sus hijos ni a la doncella Mengden, de quien no querría separarse».

— Serguéi Mijáilovich Soloviov, «Historia de Rusia desde los tiempos más antiguos»

Exilio e interrogatorios

Tras el arresto, comenzó el proceso judicial. El mariscal de campo Münnich fue condenado a ser descuartizado, y Juliana Mengden, a la pena de muerte. En el último momento, Isabel sustituyó ambas sentencias por el exilio. El tribunal declaró a Ana Leopoldovna y a su marido culpables de usurpar el poder.

Antes de partir, a Ana Leopoldovna se le permitió dirigir una última súplica a la nueva emperatriz. Pidió una sola cosa: que se le permitiera quedarse cerca de Juliana Mengden. Isabel accedió a esta petición. Juliana siguió voluntariamente a su amiga al exilio.

Inicialmente, Isabel anunció la expulsión de la familia de Brunswick a Europa. La familia fue llevada a la fortaleza de Dünamünde (hoy Daugavgrīva, dentro de los límites de Riga), donde estuvieron retenidos casi un año. Allí, en 1743, Ana dio a luz a una hija, Isabel.

Se inició un intercambio de correspondencia entre Riga y San Petersburgo. Isabel Petrovna abrió una investigación sobre la desaparición de las joyas reales. La Cancillería Secreta buscaba un pretexto para el enjuiciamiento penal de la familia derrocada, y la acusación de robo de diamantes se convirtió en un cómodo instrumento de descrédito. Juliana explicó detalladamente a quién se habían entregado las joyas.

En uno de los interrogatorios, afirmó que la propia Ana Leopoldovna había roto algunas joyas. La emperatriz Isabel ordenó a los guardias que interrogaran a Ana sobre el destino de los diamantes, añadiendo una posdata personal: «Y si empieza a negar que dio diamantes a nadie, dile que me veré obligada a interrogar a Julia; así que, si le tiene lástima, no debería permitir que sea sometida a tal tormento».

Las nuevas autoridades comprendían perfectamente el punto vulnerable de la regente derrocada. Al parecer, Ana rechazó las acusaciones, ya que no hubo más persecuciones y a Juliana la dejaron en paz.

Los últimos años

Más tarde, Isabel ordenó trasladar a la familia al interior del país, a la fortaleza de Ranenburgo (la actual Chaplygin, en el óblast de Lípetsk). Luego, en 1744, la emperatriz ordenó enviar a la familia de Ana Leopoldovna al norte, a Jolmogori, en la gobernación de Arcángel.

Fue en Ranenburgo donde se produjo la separación definitiva de Ana y Juliana. Por orden de Isabel, se le mandó a la dama de compañía que se quedara en la fortaleza. Los sirvientes de Ana comprendieron que la separación sería un duro golpe para ella y enviaron a la capital una petición para que se permitiera a Juliana viajar con ellos, pero no obtuvieron respuesta. Ana no volvió a ver a su fiel amiga.

Al llegar a Jolmogori, los prisioneros no pudieron continuar su viaje hacia el monasterio de Solovetski (ruso: Solovetski monastyr; Соловецкий монастырь) debido al hielo en el Dviná Septentrional. En consecuencia, los dejaron allí mismo, en condiciones de estricto secreto, en el recinto de la Casa Episcopal de la Asunción. Las condiciones de reclusión eran muy duras.

Muerte de Ana y destino de Juliana

El destino póstumo de los miembros de la familia caída en desgracia estaba decidido de antemano. Isabel promulgó un decreto según el cual, en caso de muerte de alguien de la familia, el cuerpo debía ser trasladado inmediatamente a la capital.

En el exilio de Jolmogori, Ana Leopoldovna dio a luz a otros dos hijos: Pedro (en marzo de 1745) y Alexéi (en febrero de 1746).

Separada de Juliana y agotada por los partos en las condiciones del invierno boreal sin la debida asistencia médica, el 20 de marzo de 1746 Ana murió de fiebre puerperal. Tenía 27 años. El comunicado oficial la denominaba secamente la «Princesa Ortodoxa». Su cuerpo, en un ataúd sellado, fue trasladado a San Petersburgo para ser enterrado en la Iglesia de la Anunciación del monasterio de Alejandro Nevski.

Lápida de Ana Leopoldovna en la Iglesia de la Anunciación del monasterio de Alejandro Nevski.

El destino del primogénito de Ana, el derrocado emperador Iván Antónovich, resultó ser la página más terrible en la historia de la dinastía Románov. El niño fue separado de sus padres y mantenido en completo aislamiento. Le cambiaron el nombre por el de «Grigori» y en 1756 fue trasladado en secreto a la fortaleza de Shlisselburg bajo el nombre de «prisionero sin nombre». El 27 de julio de 1764, durante un intento de golpe de Estado, el prisionero de 23 años fue apuñalado por sus guardias. El príncipe Antonio Ulrico pasó el resto de su vida en Jolmogori, se quedó ciego y murió en 1774.

Juliana Mengden permaneció exiliada en Ranenburgo durante 18 largos años. Solo tras el ascenso al trono de Catalina II en 1762 obtuvo la libertad y el permiso para regresar a su Livonia natal. Juliana se instaló en la finca materna de Jērkule, cerca de Krimulda, rara vez salía de ella y se dedicó a administrar la hacienda.

Hasta el final de sus días, recordó a regañadientes los años de la corte, llevándose a la tumba el secreto de una de las que posiblemente fueran las primeras uniones LGBT del siglo XVIII. Juliana Mengden murió el 21 de octubre de 1787, habiendo sobrevivido a Ana 41 años, y fue enterrada en el cementerio de Carnikava.

Literatura y fuentes
  • Anísimov, Evgueni. Ivan VI Antonovich [Iván VI Antónovich]. Moscú: Molodaya gvardiya, 2008.
  • Korf, Modest. Braunshtveigskoe semeystvo [La familia de Brunswick]. Moscú: Prometey, 1993.
  • Kostomárov, Nikolái. Russkaya istoriya v zhizneopisaniyakh eyo glavneyshikh deyateley [La historia rusa en las biografías de sus principales figuras]. San Petersburgo: Tipografiya M. M. Stasiulévicha, 1873–88.
  • Kurukin, Ígor. Anna Leopoldovna [Ana Leopoldovna]. Moscú: Molodaya gvardiya, 2012.
  • Manstein, Christoph Hermann von, Burkhard Christoph von Münnich y Ernst von Münnich. Perevoroty i voyny [Golpes de Estado y guerras]. Moscú: Fond Sergueya Dúbova, 1997.
  • Soloviov, Serguéi. Istoriya Rossii s drevneyshikh vremyon [Historia de Rusia desde los tiempos más antiguos]. Moscú: Universitetskaya tipografiya, 1851–79.
  • Vigor, Jane. Pisma ledi Rondo [Cartas de una dama que residió algunos años en Rusia]. San Petersburgo: Izdanie A. S. Suvórina, 1874.

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